Desde que tengo memoria, México es para mí un país de contrastes, entendidos estos de forma peyorativa la mayoría de las veces. ¿Ejemplos concretos? ¿Qué tal el paso obligado por la zona habitacional de La Margarita o el mercado popular Héroes de Puebla antes de llegar a la lujosa zona de La Calera? O quizá el cambio abrupto que se experimenta en Santa Fe, en el Distrito Federal, y el paisaje de las colonias más pobres de esa ciudad frente al centro comercial y los cuarteles generales de transnacionales de todo el mundo…
De igual forma, el término surreal lo concebía como un adjetivo propio de México y de Latinoamérica en general, o quizá también de la India o cualquier otro país “exótico”, tropical, misterioso…
Así, “contrastes” y “surreal” no eran palabras ligadas a Europa y que esperara encontrar o experimentar durante mi estancia en el país de la libertad, la fraternidad y la igualdad; “orden”, “pulcritud” y “bonanza” eran mis expectativas.
La calle Bayard de la ciudad de Toulouse comienza al borde del Canal du Midi (Mediodía), a las puertas de la estación de tren Matabiau, y termina en el boulevard Strasbourg, arteria vial que delimita el centro de la Ciudad rosa. Los contrastes y peculiaridades de toda la nación francesa se encuentran en sus 600 metros de longitud y en las calles aledañas que son parte del barrio del mismo nombre.
Más allá de poseer los colores de alguna de las numerosas comunidades de inmigrantes que habitan aquí, Bayard ofrece una visión de la realidad económica y social de Francia. Sin ser exhaustiva, la lista incluye: más de cinco restaurantes de kebabs, una peluquería árabe, una tienda de “noche” –también árabe-, un par de panaderías y pastelerías, una tienda de ropa africana, una asociación de tango, decenas de consultorios médicos, tres tiendas de distintas cadenas francesas, un par de restaurantes asiáticos, un restaurante de alta comida regional, dos salones de belleza 100% franceses, una estación de bicicletas propiedad del ayuntamiento, media docena de taxiphones o locales para llamadas al extranjero, y varios hoteles de tres, dos o cero estrellas donde las prostitutas de la zona cierran sus negocios.
Argentina presente en Bayard.
Por último, aunque no menos importante, otro elemento siempre presente en la Rue Bayard es el vagabundo, conocido de forma eufemística con las siglas SDF que significan Sans domicile fixe o Sin domicilio fijo. Si se trata de un SDF anarquista con apariencia punk -perforaciones corporales, tatuajes y cadenas colgando por doquier- el paseo que se obsequiará incluye una cerveza en una mano y la correa de su jauría de perros que le guardan compañía y protección en la otra. Y para rematar, un clope o cigarrito, el cual forjará con las hojas y el tabaco de cualquier extraño que se le atraviese y a quien pedirá -casi exigirá- con un subtexto que va en la seguridad de la voz y en lo penetrante de la mirada: “tú, que trabajas con y para el sistema, dame lo que éste me debe, lo que por derecho me corresponde como francés pero que he decidido no ejercer directamente desde hace 10 años cuando escapé de mi hogar, hastiado de las convenciones sociales de una patria que me daba todo –acceso universal a la salud, seguro del desempleo, ayuda para la vivienda, educación gratuita…”
Si por el contrario el SDF es un miembro de la gente de viaje -de los roms, los gitanos o los zíngaros- éste podrá ser visto solo o acompañado de su hermano o hermana menor, sentado al borde de la banqueta, con una mirada triste y un hilito de voz que luego cambiarán por una sonrisa y una canción cuando emprendan el regreso al borde del río para reunirse con la caravana familiar, no para comenzar el viaje de nuevo, llevando música y la sabiduría de los espíritus a lugares recónditos como un siglo atrás, sino para vivir un día más en un país al cual solicitarán ayuda social mañana…
(Alonso Fragua)

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